Decenas de embalses construidos entre los años 50 y 70 acumulan sedimentos que reducen su capacidad real entre un 25 % y un 40 %, como admite el propio Ejecutivo español.
Esta colmatación obliga a soltar agua de manera constante incluso en épocas de lluvias fuertes, desperdiciando un recurso esencial que debería guardarse para los periodos secos. A esto se suma la demolición activa de presas impulsada por el fanatismo verde que impera en Europa.