Historia

IRÁN y el conflicto de Oriente Medio

Cuando comenzó el siglo XX, Persia era todavía un imperio fatigado, atrapado entre la presión rusa y británica. Pero el verdadero punto de inflexión llegó tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el joven monarca Mohammad Reza Pahlaví asumió el trono en 1941. Su reinado encarnó la tensión entre tradición y modernidad, soberanía nacional y dependencia extranjera.

El episodio que definió la política iraní moderna fue el golpe de Estado de 1953 contra el primer ministro Mohammad Mosaddegh. Mosaddegh había nacionalizado la compañía petrolera Anglo-Iraní, desafiando los intereses británicos y, por extensión, occidentales. En plena Guerra Fría, Washington temía que el caos político abriera la puerta a la influencia soviética. La operación, coordinada por la CIA y el MI6 —conocida como Operación Ajax— restauró el poder del sha y marcó el inicio de una alianza estratégica con Estados Unidos.

Desde entonces, el petróleo se convirtió en la palanca del poder iraní y en su maldición estructural. El sha utilizó los ingresos petroleros para financiar una modernización acelerada conocida como la “Revolución Blanca”: reformas agrarias, industrialización, expansión educativa y una ambiciosa occidentalización cultural. Teherán se transformó en una metrópoli cosmopolita, símbolo del Irán moderno.

Pero esta modernización fue autoritaria y vertical. La policía secreta, la SAVAK, reprimía la disidencia; los clérigos chiíes denunciaban la erosión de los valores islámicos; y amplios sectores populares percibían que la riqueza petrolera no se distribuía de manera equitativa. La alianza con Washington, útil en términos estratégicos, fue vista por muchos iraníes como una humillación nacional. El resentimiento sembrado en 1953 germinaría décadas después.

La Revolución Islámica de 1979: religión y ruptura

En 1979, el edificio político construido por el sha colapsó con sorprendente rapidez. La figura que catalizó la oposición fue el ayatolá Ruhollah Jomeini, un clérigo exiliado que articuló un discurso revolucionario capaz de unir a islamistas, nacionalistas y sectores de izquierda bajo una misma consigna: derrocar la monarquía.

La revolución no fue simplemente un cambio de régimen; fue un cambio de paradigma. Irán dejó de aspirar a ser una monarquía modernizadora alineada con Occidente para convertirse en una república islámica basada en el principio del velayat-e faqih —el gobierno del jurista islámico— que otorgaba al líder supremo autoridad política y religiosa.

El momento simbólico de la ruptura con Estados Unidos llegó con la toma de la embajada estadounidense en Teherán en noviembre de 1979. La crisis de los rehenes, que se prolongó 444 días, selló el divorcio entre Washington y Teherán. Lo que había sido una relación estratégica se convirtió en una enemistad estructural.

Los ayatolás en el poder: guerra y consolidación

Apenas consolidado el nuevo régimen, Irán enfrentó una amenaza existencial. En 1980, Saddam Hussein lanzó una invasión que desencadenó la devastadora Guerra Irán-Irak. Ocho años de guerra total, con centenares de miles de muertos, reforzaron la cohesión interna del régimen y legitimaron la militarización de la sociedad.

La guerra permitió el ascenso y consolidación de la Guardia Revolucionaria, que con el tiempo se transformó en un actor político y económico central. Tras la muerte de Jomeini en 1989, el liderazgo recayó en el ayatolá Alí Jamenei, quien ha gobernado desde entonces como líder supremo, asegurando la continuidad del sistema teocrático.

El poder en Irán no es monolítico, pero sí está cuidadosamente estructurado: presidente electo, parlamento, Consejo de Guardianes y, por encima de todos, el líder supremo. Esta arquitectura permite cierta competencia política interna, aunque siempre dentro de los límites definidos por el clero.

Conflictos con Estados Unidos: sanciones y programa nuclear

Desde 1979, la relación con Washington ha oscilado entre la confrontación abierta y los intentos de distensión. Las sanciones económicas se convirtieron en la herramienta preferida de presión estadounidense, especialmente en torno al programa nuclear iraní.

Teherán sostiene que su programa tiene fines civiles. Occidente sospecha que busca capacidad militar nuclear. El acuerdo alcanzado en 2015 —el Plan de Acción Integral Conjunto— ofreció una tregua temporal, pero la retirada estadounidense en 2018 reactivó las tensiones.

El Golfo Pérsico se transformó en escenario recurrente de choques indirectos: incidentes navales, ataques a petroleros, operaciones encubiertas. La rivalidad no es solo ideológica; es estratégica. Irán controla la costa norte del estrecho de Ormuz, arteria por donde transita una parte crucial del petróleo mundial.

La rivalidad con Israel

Si la enemistad con Estados Unidos es estructural, la rivalidad con Israel es existencial. Desde 1979, la república islámica ha adoptado una postura de confrontación ideológica contra el Estado israelí.

Irán ha construido una red de aliados no estatales, entre ellos Hezbolá en el Líbano y Hamás en Gaza. A través de financiación, entrenamiento y armamento, Teherán proyecta influencia sin exponerse directamente a una guerra convencional.

Israel, por su parte, ha respondido con operaciones encubiertas, sabotajes y ataques aéreos contra posiciones iraníes en Siria. El punto de máxima tensión es el potencial nuclear iraní: para Jerusalén, una Irán nuclear sería una amenaza estratégica intolerable, algo curioso si tenemos en cuenta que Israel tiene capacidad nuclear y no da cuentas de su programa nuclear ante nadie, algo que se le exige a Irán.

La alianza con Rusia

En el tablero multipolar del siglo XXI, Irán ha encontrado en Vladimir Putin un socio táctico. La cooperación se intensificó en la guerra civil siria, donde Moscú y Teherán sostuvieron al régimen de Bashar al-Asad.

La convergencia no es ideológica sino pragmática: ambos comparten el interés de limitar la influencia estadounidense y de desafiar el orden internacional dominado por Occidente. La cooperación militar y energética ha adquirido un nuevo impulso en el contexto de las sanciones impuestas tanto a Rusia como a Irán.

El golpe de 1953 alimentó la narrativa antioccidental; la modernización autoritaria del sha generó una reacción religiosa; la revolución creó un régimen que se consolidó a través de la guerra; y la confrontación con Estados Unidos e Israel reforzó la identidad estratégica del Estado islámico.

Hoy, Irán es al mismo tiempo una potencia regional, una economía sometida sanciones y una sociedad vibrante con profundas tensiones internas. Entender su siglo XX es comprender por qué Oriente Medio sigue siendo uno de los epicentros de la geopolítica global —y por qué cualquier reconfiguración del orden internacional pasa inevitablemente por Teherán.

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